Y cuando las
hormigas que invaden mi cuerpo se echen a dormir, morir como enredadera
alrededor de tu monumento, haciendo apología de una felicidad desorbitada en la
cumbre de tus ojos, escuchando a la sonrisa y viendo amanecer por encima de tus
hombros. Preso de tu pelo el aire pesa menos; y te quiero, y los suspiros se
los lleva la marea, dejando los susurros de dos mentes rotas, dos cuerpos
inquietos, de dos almas ansiosas.
Soy el capitán de la
guerra del tacto a distancia
De las luciérnagas
tenues, las estrellas de mar
De las pastillas para no
dormir
De los suspiros que no
me deshinchan
La desdicha de tu huida,
La caída de mi cruz,
La virtud en depresión
Medio corazón derramado
en una voz
La coz del destino
fraudulento
El esperpento de las
trincheras
La fiera con hambre de
ti
El vis a vis de nuestras
huellas
Las estrellas de bajo mi
piel
El timonel de los sueños
presos
Los sesos huecos entre sucesos
Este retroceso, esta
cuenta atrás
De los besos para no
despertar.
Su boca era un enjambre
y sus ojos picaban. Dejó de la suerte la espina y al poeta adicto a la heroína.
Debí imaginarlo, con esos labios estrechos, pintados, con esa sonrisa de
Domingo; a la sinestesia de sus labios le siguió el egocentrismo de su ombligo,
las dudas torpes, los psiquiatras afligidos. Aún no sé si aquella mirada era un
arma o un escudo, si no supe qué decir o me arrebató todas las palabras,
dejándome mudo… Si me estaba elevando a la gloria o enterrando en una caverna
con vistas al lujo. Sea lo que sea, quererte es la causa, consecuencia y
camino de mi perdición a la gloria, los suspiros del ególatra, la tele en el nido.
Así que, pase lo que pase, arremete contra la
calma, quítate la ropa y dale la poesía a este niño insano. Ya me avisarás
cuando esté muerto.
Juan Íñigo Gil
21/12/13
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