Ojos narcóticos color café,
calor de invernadero.
Llenos, humeantes, sin frenos,
como dos gotas de tinta que se atreven a ver
como dos escusas calientes por las que nacer
y una vez vistas ya las echas de menos.
Delirantes, como con prisas, obscenos
son el suicidio que nunca planeé
las dos únicas vidas a las que no temo.
Dos soles para dormir
pesados como plomos
y brillantes como la plata,
capaces de fundir
con sólo una mirada
al hombre de hojalata.
Juan Íñigo Gil
20/01/14
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