Tengo momentos guardados
tan grabados en mí que pueden leerse sobre mi piel. Llegar al taller, muy
temprano, antes que ningún rayo de sol siquiera, y ponerme a trabajar con el
mismo tesón mecánico con el que tictaqueaban los relojes en las paredes. Ordenar
todas las herramientas aunque ya estuvieran ordenadas. El mismo niño de ojos
claros y cabello oscuro y enredado que venía cada día para que le arreglara su
pequeño reloj de bolsillo; aquel mismo reloj que su padre, cuando era niño,
también venía a pedirme que restaurara, y con la misma triste expresión con que
les respondía a ambos, les decía que aquel reloj nunca resucitaría.
También guardado tengo el quizás recuerdo de estar tomando el café en la terraza de Ermisinda, y ver corretear por la plaza el fantasma del hijo que nunca tuve. También llegar muy tarde a casa y encontrarme al perro durmiendo en mi cama en el lugar en el que debía estar durmiendo mi difunta esposa. Es extraño, porque sé que tuve esposa, que la amé más que nada en el mundo, y que me atormentaba cada noche sin ella; pero no tengo memoria alguna de ella.
Parece que podrían ser
retazos de sueños repetidos, delirios o simplemente una historia que leí en
algún libro o la historia que alguna vez quise escribir. O quizás, quién sabe,
se traten de retazos de mi anterior vida…
Claudia G. Thomson
Claudia G. Thomson
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