jueves, 27 de noviembre de 2014

Iba de camino

Iba de camino a una fiesta de chinos japoneses o coreanos nunca supe diferenciarlos. Es extraño porque aquí en el pueblo solo aparecen alemanes ingleses franceses y algunos españoles que francamente están locos. Pero allí estaban. Una gran horda de chinos japoneses o coreanos había inundado el pueblo. Ciertamente me siento agradecida del momento en el que los vi perdidos y decidí ayudarlos a encontrar su hotel. Me siento agradecida porque ahora tengo un cheque de regalo para comprar sesenta y dos posters de Sakura bambú arroz sushi tai chi budismo minsogak y hanboks para pegar en mi pared y así esconder las grietas que provocan sobre los cimientos de la casa las raíces del árbol que plantamos en el jardín.


 Y en esto estaba cuando ante mí se abrió la explanada. Allí estaba Ella majestuosa vestida de gala. La luna llena iluminaba la ría. De repente, el tiempo se detuvo. Podía sentir el aire, ya ni había viento, y las comas no se iban volando. Como en un sueño, la luz de la luna se reflejaba sobre el agua y dibujaba un surco que parecía un camino. El halo alcanzaba la Otra Banda y el océano que había más allá. Me puse de puntillas con la curiosidad de cien ojos gatunos y observando atentamente, recorriendo el halo de la luna llena, pude vislumbrar el desierto del Sahara. Miles y miles de kilómetros que desde esta distancia se adivinaban centímetros. Y así, tan vasto, liso y a la vez ondulado, forzando la vista como nunca, vi el halo alcanzar la Antártida. O eso supuse, porque aquello brillaba como un sol.

Ya había empezado la odisea y tenía que continuarla. Aunque me matara. La curiosidad movía oleajes de adrenalina por mis venas. Escudriñando aún más el camino de la luna, pude ver, en un océano blanco, un gran barco, enorme, con sus velas izadas. La bandera pirata descansaba en lo alto del mástil. Esbocé leve y pícara sonrisa. Los corsarios jugaban a beber y a rodar las botellas de ron sobre la cubierta congelada.


Necesitaba llegar más lejos. Necesitaba hurgar más con la mirada, así que forcé la vista una última vez. Desconcertada, logré atisbar grandes masas de tierra verde.  Montañas. Más verde. Y en un último esfuerzo, vi a mi abuelo escocés sentado en los escalones de su casa, observando el trabajo exitoso que había realizado en su jardín. Dejé que mi corazón se derritiera un poco. Solo un poco. A cuanto estuve a punto de rendirme y quedarme con esta última visión, pude divisar, en la final tentativa, mi espalda.




Claudia G. Thomson

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