Iba de camino a una
fiesta de chinos japoneses o coreanos nunca supe diferenciarlos. Es extraño
porque aquí en el pueblo solo aparecen alemanes ingleses franceses y algunos
españoles que francamente están locos. Pero allí estaban. Una gran horda de
chinos japoneses o coreanos había inundado el pueblo. Ciertamente me siento
agradecida del momento en el que los vi perdidos y decidí ayudarlos a encontrar
su hotel. Me siento agradecida porque ahora tengo un cheque de regalo para comprar sesenta y dos posters de
Sakura bambú arroz sushi tai chi budismo minsogak y hanboks para pegar en mi
pared y así esconder las grietas que provocan sobre los cimientos de la casa
las raíces del árbol que plantamos en el jardín.
Y en esto estaba cuando ante mí se abrió la
explanada. Allí estaba Ella majestuosa vestida de gala. La luna llena iluminaba
la ría. De repente, el tiempo se detuvo. Podía sentir el aire, ya ni había
viento, y las comas no se iban volando. Como en un sueño, la luz de la luna se
reflejaba sobre el agua y dibujaba un surco que parecía un camino. El halo
alcanzaba la Otra Banda y el océano que había más allá. Me puse de puntillas
con la curiosidad de cien ojos gatunos y observando atentamente, recorriendo el
halo de la luna llena, pude vislumbrar el desierto del Sahara. Miles y miles de
kilómetros que desde esta distancia se adivinaban centímetros. Y así, tan
vasto, liso y a la vez ondulado, forzando la vista como nunca, vi el halo
alcanzar la Antártida. O eso supuse, porque aquello brillaba como un sol.
Ya había empezado la
odisea y tenía que continuarla. Aunque me matara. La curiosidad movía oleajes
de adrenalina por mis venas. Escudriñando aún más el camino de la luna, pude
ver, en un océano blanco, un gran barco, enorme, con sus velas izadas. La
bandera pirata descansaba en lo alto del mástil. Esbocé leve y pícara sonrisa. Los
corsarios jugaban a beber y a rodar las botellas de ron sobre la cubierta
congelada.
Necesitaba llegar más
lejos. Necesitaba hurgar más con la mirada, así que forcé la vista una última
vez. Desconcertada, logré atisbar grandes masas de tierra verde. Montañas. Más verde. Y en un último esfuerzo,
vi a mi abuelo escocés sentado en los escalones de su casa, observando el
trabajo exitoso que había realizado en su jardín. Dejé que mi corazón se
derritiera un poco. Solo un poco. A cuanto estuve a punto de rendirme y
quedarme con esta última visión, pude divisar, en la final tentativa, mi
espalda.
Claudia G. Thomson
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