martes, 27 de mayo de 2014

Microrrelatos

Cafeína
Desde entonces no puede parar de reír cada vez que alguien le pregunta “¿solo o con leche?”.

En-tra-mado
Caminar ligero, mirada ausente, sonrisa torcida y un abismo en sus pupilas. Quién pudiera entrar a desentrañar las trampas de sus entrañas escondidas tras aquella traviesa fachada. Quién pudiera entretenerse en el trémolo de su voz entretejida entre triunfantes trinos y risas. Ser atril de sus atributos color trigo, salir al encuentro de sus adentros en noches atropelladas, ser el rayo que trunca la oscuridad y desata los truenos más feroces… Pero aquí sigo, en un trabalenguas sin tregua, un triste trovador constructor de fantasías, un truhan destronado, un Tristán sin su Isolda, entregado por traidor.

Escondite
Ven. Siéntate. Escucha. Toma esto. Llévalo donde nadie lo encuentre y escóndelo. Luego escóndete donde hablamos antes, no dejes que nadie te siga. ¿Me has entendido? Está bien. No, no tengas miedo. Esto lo hacemos por mamá. Es muy importante. Vale. Nos veremos muy pronto. Venga, que ya están llegando. ¡Ahora corre!

De primera mano
- …que si alguna vez fuere yo sujeto de semejante superchería, bien cara pagaría la afrenta.
- Cálmese señor, esto no tiene nada que ver con el señor Argote. Y envaine ese florete, si es tan amable. Le hemos traído a nuestros días porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. A pesar de mucho discutir, no hemos conseguido ponernos de acuerdo sobre lo que quería decir en algunos de sus poemas, así que hemos concluido que sería mejor preguntarle a usted mismo. Eso de la nariz superlativa iba por Góngora, ¿verdad?

Residuos
Quién le iba a decir a Klaus que acabaría viajando a distintos sitios al mismo tiempo. Lástima que fuera en camiones de la basura.

Lejos (2º puesto en el concurso de microrrelatos del CMU Loyola)
Aquel verano las golondrinas no hicieron sus nidos en nuestro patio. Nos quedamos sin los gorriones sobre los cables de teléfono. Las cigüeñas desaparecieron de las torres de alta tensión. No se oía el graznido de las gaviotas en la orilla. Todos volaron. Lo sabían.

Roto
Les miro desde la esquina del parque. El crío se asegura de que su madre está pendiente antes de tirarse por el tobogán. La incertidumbre del qué pudiera haber sido sólo consigue dibujarme una triste sonrisa en la cara. Ella me ve, pero no me reconoce. Tengo que irme, no puedo seguir arriesgándome. Hasta dentro de otro año, Oliver.

M. G. Ferrer
Mayo 2014

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