domingo, 8 de diciembre de 2013

El Domador de las Bestias.

Nadan peces de colores en una pecera, sobre la mesa,

en el despacho sobre la cima de un edificio exorbitantemente alto, en un mar de arena.

Construyen bombas para alimentar las bocas de las guerras y no de las personas.

Y no se darán cuenta hasta que en su última bocanada de oxígeno molecular,

a través de un respirador artificial, en una cama de la seda más valorada del mundo,

que vivieron una vida más vacía que las botellas de champán que dejaron,

mientras brindaban el nuevo aparcamiento en medio del Amazonas.

Frío, mojado bajo la lluvia, el huérfano apura la lata de Whiskas,

 que los gatos de raza coman mejor que muchas personas con rezos,

otorga la condición de éstas peor que infrahumana, infraanimal.

Y es que si nuestra valoración de la vida humana sigue así,

Mereceremos la calificación de germen erradicable.


Chris P.J. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

'3 Poemas Suicidas y un Ciego'

'Color'

Al borde del suicidio
Tenía los ojos rojos
Las mejillas rosadas
La nariz blanca
Las ojeras moradas
Los labios negros
Las uñas amarillas
Y los dientes verdes...
Quería engañarme, estaba claro
No obstante, entre la poesía y la mentira, no hay color.


'La Tierra de los Hombres Conatos'

En la tierra de los hombres conatos han prohibido el suicidio.
Allí solo pastan, balan y deambulan
Los ahorcados tienen vértigo y los colores se han fugado
Las damas esconden las sonrisas y los hombres las cicatrices
Ellos van ciegos y ellas se hacen las sordas.

En la tierra de los hombres conatos hay demasiados poetas para tan poca poesía
El Sol tiene sus manías y las drogas son insulsas.
El mal gusto está de moda y la libertad se conjuga en condicional.
Son tierras estériles, como sus mujeres
Los niños buscan sombra y los yugos se disfrazan de corbata.
Los locos pasan desapercibidos y la música sólo sirve para ser oída.

No se sabe quién gobierna, pero han techado el cielo y han prohibido el suicidio.
La tierra es pegajosa y las moscas no se atreven a venir
El amor se vende por dosis y las putas se dedican al ganchillo
En la tierra de los hombres conatos la Luna tiene vértigo y el desayuno da taquicardia
El eco intenta escaparse y el azar se prostituye.
No hay guerras porque no hay nada por lo que luchar
No hay humor porque no hay nada que destrozar
No hay cine porque ni siquiera hay de nada de lo que enamorarse.

Crean héroes solidarios porque no hay hombres educados
Ignoran que cuando persiguen al amor en realidad tan solo están huyendo del miedo
que la política no es más que economía y psicología
que los mejores vicios, son los del suicida.
En la tierra de los hombres conatos han prohibido el suicidio; aún busco un por qué.


'Fuego'

¡Qué paradoja el amor: De muslos tan prietos y bragas tan correderas!
¡Y qué caprichoso: Al principio me follaba con las medias puestas y al final lo hacía con los calcetines!… ¡Y qué desperdicio es ser yo!

Era de ojos fríos y sangre caliente, no siendo cuestión de temperatura sino de magnetismo.
Ella, la única mujer cuyos ojos tenían más profundidad que sus caderas
y yo, tan ateo que ni siquiera Dios es mi personaje de ficción favorito.

Aún no recuerdo si huyó o la eché yo, pero he aprendido algo: Nunca le den la razón a un tonto, puede que realmente la tenga.
Lo peor de todo es que lograré olvidarla, que lo que me queda de vida, una tertulia enferma con libros de autoayuda y palangana, consiste en darle la razón a la muerte, en no creer en la magia, en el ira y ni siquiera en la lencería. Puestos a creer, quiero pensar que no me suicido por indiferencia o por pereza.

Sin quererlo ni pedirlo, tras la guerra, nos encontramos; y el día en el que observar resultó la mayor de las artes nos dimos un consejo: 'Busca un sitio frío, enamórate de alguna ficción y planea un suicidio no ruidoso' me dijo, a lo que yo le respondí 'Coge un sitio bonito para ver el mundo arder.'

Al final encontré la respuesta, no era un suicida sino un pirómano: Quería una mujer tan candente que aprendí a amarla cuando ya solo era cenizas.



'Ciego'

Mejor depresivo que deprimente
Diógenes que Pérez - Reverte
Perder que perderte
Mejor llenar la barriga que agitar la mente.

Escuché al mendigo y disparé al presidente
Truqué el azar y lo llamaron suerte
Vendí el amor para levantarle la falda a la muerte...
Me quedé ciego, por no volver a verte.


Juan Íñigo Gil
4/12/13

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Comienzo

Me desperté. El sol aún no asomaba entre las rendijas del tragaluz de mi alcoba cuando salí de la cama. Todavía adormilado, me aseé, me vestí y salí al corredor. Bajé por las escalinatas hacia la sala común para tomar un frugal desayuno de gachas e infusión de kâeff. La amplia sala estaba bañada por el fulgor tenue de las antorchas de aire que colgaban del techo. Sentados a la mesa estaban Alexis, el aprendiz de arquitecto, y Annah, la lingüista. Tras la breve comida, volví a mi alcoba para recoger mi alforja y mi capa de lana y salí de la Casa de Estudiantes.

El viento helado castigó mi cara en cuanto atravesé el portón. Cerré firmemente la capa en torno a mi cuello y caminé subiendo la calle empedrada mientras los primeros rayos de sol iluminaban un tímido cielo azul pálido. Sentía a la ciudad despertar perezosamente: el quejido de los goznes al abrir los postigos de las casas, el cacarear de las gallinas en los corrales, el olor a pan recién hecho al pasar cerca de la tahona...

No había andado más de cien pasos cuando llegué al camino que llevaba a la caverna de Maetrom, según estaba indicado por unas rudimentarias inscripciones en el propio suelo. Este discurría por una empinada pendiente a lo largo de escalera natural en la propia Roca Originaria sobre la que fue construida la ciudad. Las calles se convirtieron en techo a medida que iba descendiendo por aquella escalera, y la luz se iba perdiendo. Cuando pareció que quedaría completamente a oscuras, vi al fondo el brillo de una antorcha que señalaba el camino. Seguí bajando a tientas, agarrándome fuertemente a la piedra, que estaba húmeda y fría de la noche anterior. Así continué mi descenso hasta que me pareció haber bajado cuarenta veces mi propia altura. El aire se enrarecía por momentos y la débil luz que aportaban las antorchas adquiría tintes verdosos según penetraba en el corazón de la roca por aquel peregrino sendero. A ello se sumaban los lejanos susurros que llegaban como traídos por un eco gutural, pues aquella criatura a la que pertenecía esta morada estaba llegando. Mas esto no consiguió amedrentarme, sino que me hizo apretar el paso para alcanzar lo antes posible el seno de aquella guarida.

Con el corazón acelerado por la carrera y la tensión del momento, llegué al borde del Canal en el momento preciso en el que ella aparecía. Un enorme cuerpo serpenteante recubierto por escamas duras como el acero seguía a una cabeza que devoraba la oscuridad con el brillo de sus ojos. Esa enorme criatura medía lo que un hombre adulto de alto y al menos cincuenta zancadas de largo. Agazapado en un rincón oscuro, esperé a que parase para descansar. Su parada duró el momento justo para que tomase una enorme bocanada de aire. Abrió las branquias que tenía a todo lo largo de su ser, emitiendo un estrepitoso ruido por la fricción de unas escamas contra otras, y aproveché el instante en que estaban abiertas para saltar al interior de su voluminoso cuerpo. El calor y el fétido olor de las vísceras de aquel animal casi me dejaron sin sentido durante unos segundos, pero me mantuve firme el tiempo suficiente para agarrarme a uno de los salientes de la pared interna de la gigantesca serpiente, y así continuar el sinuoso recorrido de aquella bestia por los túneles que había excavado en lo más profundo de la Roca.

Hubo varios descansos más, y en el quinto, siguiendo el consejo que me dieron al llegar a la ciudad, aproveché la respiración de la criatura para salir de ella. Mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad casi total del viaje subterráneo, podían intuir con mediana claridad el contorno de aquel lugar. Parecía una caverna no muy diferente de aquella por la que había entrado anteriormente. Mientras andaba despacio, palpando la pared rugosa, tropecé con unos escalones que subían hacia la superficie. Tras un largo paseo por aquel túnel estrecho, ascendiendo cada vez más, noté cómo el aire se hacía menos pesado e incluso a veces una fría brisa me rozaba la cara. Tras un par de recodos más, la claridad era evidente, y la temperatura descendía por momentos. Volví a ajustarme la capa y salí de aquel lugar.


Al término de la escalera, alcé la vista y ante mí se mostraban, ya a plena luz del día, los magníficos edificios de la Casa de la Curación, de la mejor mampostería que hubiera visto jamás. Contuve la respiración involuntariamente. Había viajado a la ciudad para trabajar como aprendiz de curandero en ese lugar, y sabía que aquel día sería el primero de una larga etapa.


M. G. Ferrer

martes, 3 de diciembre de 2013

La Estación

Había un señor masturbándose en los lavabos de la estación. Lo vi, escupió torpemente sobre el orinal salpicándose el pene y salí antes de que me pidiera amablemente participar. Decidí sentarme en el banco más cercano, custodiado por  grafitis, litronas y condones; me senté sobre ‘te quiero, mi chochito’, a la vera de un fuerte de cartones anidado por un señor con barbas manchadas de leche, gorro y encías sangrantes.
Justo cuando iba a abrir el maletín para revisar mis últimas gestiones, vino un ser bigotudo enlatado en uniforme azul y, bajo la autoridad de su placa y su porra, comenzó a amenazar (eso sí, cortésmente) al viejo de al lado por ‘estar fumando en un lugar restringido’. Mientras el viejo se hacía el loco eructando y cantándole el Cara al Sol, un tipo enchaquetado y con guantes de látex  pasaba por detrás con una maleta que derramaba polvo blanco.

El ladrido de la mascota de aquella gorda debido a dicha carga se intercalaba con el discurso del opresor y las flatulencias del barbas. El señor de látex, ansioso por el silencio y la velocidad, disparó en plena estación al ojo izquierdo del perro con una precisión sobrecogedora, y de la nada surgieron tres hombres, dos rechonchos mellizos con perilla y en tirantes, y un albino; los cuales, en defensa de la gorda y su perro sangrante y hablando un idioma hortera, alegaban pelea al ser el hijo, el padre y el marido de la susodicha.

Se oían gemidos en el lavabo y el vigilante pasó a ejecutar una lección moral de golpes sobre el mendigo de al lado. Inmerso en el ritmo de los puñetazos, coordinaba su respiración con los eructos del barbudo. Para entonces, justo detrás el hombre de látex ya había manchado de sesos la columna con el cartel de ‘Guarden Silencio’ y la señora gorda, al ver tal carnicería, se arrojó a las vías donde la barrería el tren de cuatro y diez (el vigilante alegaría en el futuro juicio que la felación del copiloto lo distrajo).

El barbudo reía entre golpes, el señor del baño no se cansaba y el personal de limpieza venía a ritmo lento para limpiar la obra del señor del látex, de cuya presencia ya solo quedaba una hilera de polvo blanco. El grupo de yuppies que se asentaban en el banco contiguo grabándolo todo para sus redes sociales, aprovechó el intervalo de llegada del servicio de limpieza para barrer a su manera la hilera blanca del pistolero. En seguida volvieron como en estampida a poblar su banco y redes sociales, excepto uno que se quedó convulsionando.

El mendigo sangraba por el oído cuando llegó el personal de limpieza a ritmo calmado debido al dildo que llevaba entre las nalgas, se trataba de un anciano con auriculares gigantes acompañado de su nieta, quien esquivando al yuppie y su vómito con suma agilidad, se metió equivocadamente en el lavabo de caballeros. El anciano, animado por el ruido de sus auriculares comenzó a mover las manos armoniosamente, con dulzura, como si manejara una orquesta mientras estudiaba cuánta lejía debía utilizar para borrar tanta sangre y se oían de fondo los golpes del bigotudo, las risas del barbudo, los gritos de su nieta, el tecleo de los yuppies y los gritos de socorro del vomitivo.

Salió la nieta con las manos amordazadas y sus rizos rubios reñidos de blanco. Atrás, el señor de lavabo, que suspiraba y aún tenía los ojos volteados. Todo parecía mucho más calmado, el limpiador, abatido aún por la duda, decidió echarse un cigarrito, el vagabundo ya había muerto y el yuppie convulso aprovechó una arcada débil para sacarse una foto y cambiar la de su perfil en Facebook.

El vigilante, secándose el sudor y la sangre, me saludó con voz aguda, recolocándose la placa, ‘Que tenga un buen día, y recuerde que está prohibido fumar entre andenes’ y llamó al limpiador, ‘Sebastián, cariño, recoge rapidito y vámonos, que se enfría la cena’. Sebastián recogió de malas ganas y puso los cadáveres en una bolsa que acabaría en el contenedor de orgánicos. Acto seguido cogió a su nieta y viendo la faena del señor del lavabo, le guiñó un ojo y lo invitó a la cena.
Solo quedábamos los yuppies y yo cuando llegó el autobús. Pagué en efectivo y ocupé la última plaza. Por fin, aproveché la calma y el silencio para poder ojear el maletín y recontar su contenido: un tampón recién usado, un mano sin uñas y un cursillo de ventriloquia.


Escrito  la noche del 29/11/13 en Plaza de Armas. Basado en hecho casi reales… Lógicamente, yo nunca pago en efectivo.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Vincent 7º parte.


                                                                      Vincent 7º Parte 




Después de atravesar un pasillo oscuro, con un ambiente algo cargado y un frio seco y escurridizo, Eléonore
 llegó a su lugar favorito de la casa, era una sala secreta que había quedado aislada del resto de la casa. La descubrió un día que estaba limpiando su cuarto, se fijo en las marcas de la pared y terminó deduciendo que aquello era una puerta muy bien camuflada.

La sala se encontraba en el tercer piso, pero se accedía por el pasadizo del cuarto de Eléonore del segundo piso.

Era una sala grande con un gran ventanal y antiguas cortinas con dibujos silvestres y de gran detalle, el polvo había hecho de estos una imagen borrosa y difusa. Por lo demás la sala tenía una salida hacia el tejado, había un escritorio antiguo de madera de roble,  allí escribía durante horas y dejaba que su imaginación iluminara toda la instancia. Se podría decir que aquello era lo más parecido a una utopía de ensueño.

 Las paredes estaban siendo decoradas por Eléonore ,con pinturas de todos los colores, dibujaba todo aquello que pasase por su mente, dibujó un faro con un atardecer en el fondo y algunos pájaros revoleteando por su alrededor, dependiendo del día sus dibujos se tornaban más oscuros que otros, por ejemplo hace dos días había comenzado a pintar una mesa manchada de rojo , con un juego de tazas de té y unas cuantas rosas muertas a su alrededor, y más a la derecha se encuentra el retrato que tanto la obsesionaba , había pintado en la pared a la mujer de la foto, la misma en la que se había fijado para hacerse el corte de pelo el cuarto de baño.

Siempre que accedía a aquella habitación, dedicaba unos minutos a admirar el dibujo de aquella mujer, la había llamado “Alice“, es el nombre que tenía escrito por detrás la fotografía” descubrió la fotografía el primer día que entro en el cuarto y rebusco por los cajones en busca de algo interesante o de valor.

Y desde ese día fue su gran obsesión, no había un momento del día en el cuál, no hiciera alguna acción sin haber reflexionado antes desde el  “supuesto punto de vista” de aquella mujer que tanto misterio le transmitía. Eléonore pensaba tanto por ella como por Alice, pensaba por las dos.

Siempre se había preguntado, de dónde había salido aquella extraña habitación, pero después de mucho tiempo sin encontrar respuesta y bastantes tardes desperdiciadas dándole vueltas a la cabeza, llegó a la conclusión de que lo mejor era olvidarse del origen y disfrutar de aquel pequeño regalo de armonía y soledad.
Pensar no se le daba bien a Eléonore , de hecho siempre que lo hacía su cabeza giraba en torno a las mismas ideas , una madre obsesionada por el estilismo de sus blanquecinas caderas, que al mismo tiempo se negaba a aceptar el hecho de hacerse mayor con el paso del tiempo. Y un padre que se limitaba a trabajar día y noche, y que algún día entre semanas se dejaba caer por casa “cosa que hacía raramente”. 

Su padre trabaja como contable  de una empresa de productos farmacéuticos, había estudiado farmacia pero se declinó por esa rama económica de la carrera y después de haber montado su empresa, la dirigía desde su despacho repartiendo a diestro y siniestro medicamentos por toda la París, incluso en alguna que otra ocasión había hecho campañas para incitar a la población al consumo masivo de medicamentos, hubo una ocasión en la que se desplazó por pueblos perdidos de la montaña  junto con cinco médicos más , para realizar una especie de safari médico y captar clientes ignorantes que no supiesen siquiera el porqué de todo lo que se les explicaba. Sin duda alguna este hombre, de nombre Jules era tremendamente ambicioso.

Y con esto tenía que convivir Eléonore, por ello trataba de evadirse perdiéndose en su mundo.  Así que se ponía a bailar y bailar, conectaba una pequeña radio y ponía un disco de Vivaldi, simultáneamente abría uno de los habitáculos del escritorio y sacaba un muñeco de trapo de tamaño natural y lo tomaba como su pretendiente para bailar. Lo llamó Randy.

Realmente el muñeco no era más que un cojín utilizado como cabeza y pintado con temperas de colores y el torso que se encontraba definido por una bolsa de tela llena de espuma, ella misma le había fabricado la chaquetita roja que tenía puesta y los pantalones beige, al principio cuando bailaba con Randy , se sentía vacía porque sus ojos no eras más que dos costuras apañadas a la ligera en su cara, así que le pego dos canicas de colores con pegamento.

 El pelo se lo fabricó con los flecos decorativos de algunos cojines del salón, lo hizo de tal manera que su madre no pudiera apreciar que faltaban algunos flecos en la decoración.

Se puede decir que Randy, era lo más parecido a un amigo que tenía y gracias a las canicas que había puesto en sus ojos podía perderse en su mirada artificial mientras en violín de Vivaldi inundaba aquella extraña y singular estancia.

Villagrán13

martes, 26 de noviembre de 2013

V de Adivinanza

Soy un Dios, uno más.
Y como todos los Dioses, tengo un templo, uno de tantos.
Y como todos los templos, el mío posee dos anchas columnas a su entrada que lo custodian de la mundanidad del exterior. Alrededor, un bosque espeso y justo en el centro, una entrada rasgada por pasar con prisas; con picaporte y mil relieves; tantos que confundirían al más ciego y perderían al mayor explorador.

Mi templo tiene un foso especial, intermitente, impenetrable. Capaz por su color y fuerza de espantar peces y asustar al enemigo sólo con su olor.
Arriba lo vigila un Sol rosáceo que si lo toco despierta y si le soplo se retuerce.
Mi Sol sufre de los nervios y si le hago cosquillas toda la tierra se tambalea.
Tiembla, y si lo lamo, a lo lejos se oyen voces.

Mi templo es solemne como el alma de una mujer y tiene la actividad de una pescadería.
Y si miro a mi templo, se impacienta
Si lo toco hay terremotos y gemidos ansiosos ansiando que guarde en él mis tesoros (No obstante, mi templo tiene goteras y no entiende que los recubra con un plástico)

Sin embargo, soy un Dios con permiso
porque si toco, soplo y relleno mi templo con permiso, hace que se oiga mi nombre y se eleve al paraíso
pero si lo mimo, acaricio y mojo sin permiso, el Dios se hace delincuente y se muda del templo a la cárcel.

Delante de mi templo hay ninfas jugando que me dan la bienvenida, hay niños perdidos, niños que aún no han nacido y un cursillo de ventriloquia.

V de Adivinanza,
Mi templo es raro y común, vulgar y místico. Una vez le rocié de polvos pica-pica y casi se echa abajo.
Y es que mi templo es tan especial, que si me chupo el dedo, sabe a él.

Juan Íñigo Gil
20/11/13

domingo, 24 de noviembre de 2013

Guía de Autodestrucción para Torpes

¿Quién hará ahora temblar los colores? ¿Quién arañará al cielo con las pestañas?
¿Quién curará la Primavera?
¿Quién vengará a Lennon; quién me recordará?
No te vayas, regálame otra psicosis de Verano; vacíame la cartera y luego el corazón, pero no te vayas.
Si voy a perderme, que sea entre sábanas.
Soy a morirme, que sea por tu boca.
Si voy a tocar fondo, que sea el de tus caderas.

Me abandonó como yo abandoné a Sartre por Schoponhauer.
Recuerdo los labios de colores; chocolate y ron.
Recuerdo la ciudad en llamas y la gasolina de moda,
los viejos negando morir y la muerte envejeciendo.
Conocerte fue corroborar que todos los niños crecen y todos los poetas mienten.
Con esos ojos que plagiaban a la eternidad e hicieron conmigo lo que Queen en Wembley, los labios de metal y esa pizca de compasión suicida, de muerte inocua, de colores muertos.
Amarte fue darle la razón a Cortázar, Beethoven y Diógenes,
Perderte fue desvirgar el cielo, volcar la Luna para poder amanecer.

Mi tristeza está cogiendo el color de tus mejillas y el vaivén de tus caderas. Se acerca a mi, casi me habla (o casi puedo inventarme oírla). Me habla como tú lo hiciste ayer y mi psiquiatra los Domingos, usa expresiones confusas, temblorosas, y si me esfuerzo, puedo dibujarle tu mueca cuando me incita al suicidio. Ahora ella dirige las hadas, las dudas y las deudas; y claro, uno empieza adaptándose, y acaba adiestrado. A veces se difumina y me cuesta recordar tus hoyuelos, tus lunares... Para evitar eso, por favor, gesticula más cuando vayas a matarme.

Leí en un libro de autoayuda que para el artista, a la verdad posesiva y desgarradora le sigue la destreza del celuloide, el negocio sentimental, la tragedia rentable; algo así como que el Señor de las Moscas amplía el negocio con mariposas muertas y finales abiertos. No obstante, a tu 'adiós' le siguió mi ateísmo, las drogas y una adicción a la teletienda.
Y es que te fuiste con la mejor parte de mi y ni siquiera dejaste propina,
y entendí por qué el chocolate y el endocrino son más baratos que el bingo y las putas de casino,
por qué vivimos en un mundo donde la poesía es más cara que el lubricante,
que el amor no vence a la muerte, pero al menos se burla de ella
y que a toda vida precavida le sigue una muerte acertada
que si hay algo que la psiquiatría no sabe, es perdonar.
Aprendí a temblar sin ti, a cogerle el gustillo al café aguado, a asesorar Dioses con baja autoestima.
Aprendí a callar las voces de mi cabeza o al menos, a darles conversación,
a vivir a una muerte consentida y una vida sin sentido, pero con dirección.
Aprendí que la vida está hecha para morirse.

Y de postre, prozac.
Torpe, aunque mi psiquiatra me tache de cobarde, ególatra o paranoide, yo, soy torpe.
Torpe por no seguir el ritmo de la conga en mi cabeza de Poe, Murphy y Al Capone,
Torpe por atreverme a quererte y no acordarme de tu boca,
por venderme cuando las drogas se encarecieron y el amor se volvió de copago.
Torpe como la religión, como cuando recorría tu cuerpo
como una stripper coja o las pestañas de un tuerto.
Torpe por negociar con la vida/muerte para librarme de la vida/muerte,
por basar mi idiosincrasia en el fracaso, las tetas y el humor,
por tener la mente cuadrada, la barriga redonda y los pies planos.
Torpe, tanto, que ahora tengo que hablar con la boca pequeña para que no se escapen los peces.

Y para desayunar, suicidio.
Cada vez tengo menos pelo, dinero e ideales, y mis escrúpulos son inversamente proporcionales al tamaño de tus ojos, al volumen de la música.
Creo que hoy estoy mejor, vendí la medicación para alimentar a los caballos y ya casi no lloro en el desayuno.
Ahora que la lluvia es amarilla, la prensa rosa y mi uniforme negro,
asumo que no estoy perdido, sino que soy un perdedor,
que el arte es solo para valientes,
que recordarte es coger aire antes de ahorcarse.
Y sé que a estas alturas la poesía es el único superpoder que le queda al ser humano, pero joder, quizás no necesite a Coelho para saber vivir, Bukowski para emborracharme o a Benedetti para acordarme de ti.

'Pero nunca es demasiado tarde.' Dijo el relojero anarquista
Ya saben que París nunca miente (firma un impostor)
y yo, un Don Juan sin dones, un coño seco; poeta estoico,
Sigo buscando vida antes de que la muerte me encuentre, o me abata...
Al fin y al cabo, el suicido es, en todos los sentidos, una pérdida de tiempo.

Pero la vida no es la misma desde me que me dejó, ahora es un poco más seria, más estirada y estriada. Ahora la luz de las estrellas brilla menos que los dientes de oro de mi camello, riman con la otra mitad de mi cama, con tu espera, con mi ansía, con la nevera vacía.
Y lo huesos crujen, las palabras rugen, y las drogas se regurgitan.
Duele admitirlo, pero sigo la Rutina Kleenex: Mi vida es una espiral de llantos y pajas.
¡Ah! y he agregado a mi psiquiatra a Facebook.

'Hay quien confunde soledad con déficit de pasión...' Me engaño mientras lloro desnudo en la cocina.
Me dejó con resaca, caspa y f(r)acturas,
con la condena del recuerdo de aquel Monte de Venus donde firmé mi poesía más marciana.
Me dejó con el crucigrama a la mitad, el eco del desgarro de sus medias y un sistema métrico basado en sus caderas.
Me dejé llevar y ella me dejó un molde de palabras, una soledad perenne y la esperanza de que el azul sea el color más cálido.
Y la música no te olvida, y tampoco me ampara
y la vida tiene claustrofobia en mi cabeza y vértigo en tu recuerdo.

Hasta escribí un libro, 'Guía de Autodestrucción para Torpes', donde el Capítulo 1 se lo dedico a tus pestañas. En mi obra hablo de la ruina como rutina, la alegría como alergia y el destino como desatino; aunque mi psiquiatra la ha calificado como 'algo perenne, póstumo y perturbado; hipnótico, estático y estoico...', que no soy más que 'un burdo exprimidor de historietas para mentir a caballeros y montar a damas'. Yo por contra, creo que está empeñada en que sufra vergüenza por quién fui, tristeza por quién soy y miedo por quién seré. Pobre rubia de bote, ignora que la autodestrucción es la más bella y fiel de las definiciones.
Pero qué sabrá ella, los médicos tienen más hígado que cerebro y menos razón que carisma, ya saben que la ciencia explicó las hemorroides y mató al sentimiento. No entienden la poesía repentina y repelente; merecen no merecer, padecer perenne y perecer.
Yo solo advierto de que la mayor trascendencia es que no la hay, que me libren de la soledad para no estar conmigo a solas; y así me lo pagan, así me lo roban.

Aquel día iban a caducar los narcóticos, así que decidí asomarme al espejo. Lloré en la ducha, desayuné en la cama y empecé a vestirme por los calcetines. Me disponía a ser fiel a mi rutina de desayuno y resaca, cine y humo, cocaína y Beatles, cuando de repente, espiando la parcela de mi vecina con una mano en el aparato y la otra en los prismáticos, robados y redecorados con una pegatina de Minnie Mouse, cayeron sobre mis ojos la imagen de aquella mueca salvaje, atravesando mi cerebro y enmudeciendo el silencio. Aquella niña los tenía, eran los mismo tesoros de hoyuelos que custodiaban ambos lados de tu boca, la misma maldición.
Me acabé la raya y decidí que aquella niña pegada a unos rizos rubios era tu hija, la hija de mi tristeza, musgosa y anidada por golondrinas con vértigo.
Lo vi claro, acabé de vestirme, primero el calzado derecho (dos nudos) y luego el izquierdo (nudo y medio) y bajé a la calle, la cogí del brazo y, sin preguntar ni esperar respuesta, la enamoré, la bauticé como el 'amor de mi vida', un vehículo para llegar a su madre, a nuestra matrona. Pero increíblemente, ella gritó como uno de esos monstruos de serie B (los niños de hoy en día desconocen de poesía...)

Quizás se pregunten qué paso con un servidor, con aquél grito (Vosotros siempre tan centrados en el 'ahora' y el 'final')
Pues bien, AHORA el mundo me aburre, la vida me cansa
La casa sola, el botellero lleno y el cadáver en la nevera.
Al FINAL, mi biografía salió en la página de sucesos porque maté al amor de mi vida por una cita con su madre.

Días más tardes, entre rejas y medicinas me enteré (o me inventé) de que aquella niña era huérfana, justo como yo contigo. Pero no sufráis, hoy estoy alegre: Ahora mi tristeza gesticula mucho mejor, le han salido dos hoyuelos preciosos, tan dignos como para hacer una historia de amor.

Juan Íñigo Gil
18/11/13


Microcuento: Cuando despertó, el narrador seguía allí, espiándola tras la mirilla.