martes, 26 de noviembre de 2013

V de Adivinanza

Soy un Dios, uno más.
Y como todos los Dioses, tengo un templo, uno de tantos.
Y como todos los templos, el mío posee dos anchas columnas a su entrada que lo custodian de la mundanidad del exterior. Alrededor, un bosque espeso y justo en el centro, una entrada rasgada por pasar con prisas; con picaporte y mil relieves; tantos que confundirían al más ciego y perderían al mayor explorador.

Mi templo tiene un foso especial, intermitente, impenetrable. Capaz por su color y fuerza de espantar peces y asustar al enemigo sólo con su olor.
Arriba lo vigila un Sol rosáceo que si lo toco despierta y si le soplo se retuerce.
Mi Sol sufre de los nervios y si le hago cosquillas toda la tierra se tambalea.
Tiembla, y si lo lamo, a lo lejos se oyen voces.

Mi templo es solemne como el alma de una mujer y tiene la actividad de una pescadería.
Y si miro a mi templo, se impacienta
Si lo toco hay terremotos y gemidos ansiosos ansiando que guarde en él mis tesoros (No obstante, mi templo tiene goteras y no entiende que los recubra con un plástico)

Sin embargo, soy un Dios con permiso
porque si toco, soplo y relleno mi templo con permiso, hace que se oiga mi nombre y se eleve al paraíso
pero si lo mimo, acaricio y mojo sin permiso, el Dios se hace delincuente y se muda del templo a la cárcel.

Delante de mi templo hay ninfas jugando que me dan la bienvenida, hay niños perdidos, niños que aún no han nacido y un cursillo de ventriloquia.

V de Adivinanza,
Mi templo es raro y común, vulgar y místico. Una vez le rocié de polvos pica-pica y casi se echa abajo.
Y es que mi templo es tan especial, que si me chupo el dedo, sabe a él.

Juan Íñigo Gil
20/11/13

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